miércoles, 26 de septiembre de 2012



Había pasado largamente la medianoche. Estalla un trueno. Se reinicia la lluvia torrencial, la fuerte borrasca que lleva cayendo dos días. Hacía más de diez años que no diluviaba así. Será por eso que ese día la lluvia sonaba distinto. No era ese ruido chispeante, corto y repetitivo sobre el techo de chapa de la galería. Era un ruido más bien gordo, sonoro, espeso, aleteo brumoso de una nostalgia gris, aciaga, como el silencio que envuelve la habitación. Los pesados y raídos tapices que cubren los muros, silenciosos testigos de presencias que ya no son, depositarios de incontables anécdotas y de inconfesables secretos que, iluminados en el límite de la existencia, se revelan y a la vez se aniquilan, cubren apenas los finos hilos de agua que surgen en el agrietado, soberbio, lujoso estuco que en épocas pretéritas refulgiera en noches de gala. La mortecina, tenue, espectral claridad del alba que entra por la recargada puerta de madera tallada de la entrada, entreabierta por el fuerte viento racheado que sopla, apenas deja ver el lento paso de la marea marrón que, ocupando la calzada de cordón a cordón, arrastra lentamente el botín arrancado, tras largas horas de afanoso combate, de las calles del barrio, y que choca, ruidoso, con las piedras, con el asfalto, agolpando la multitud innúmera de hojas caídas con dos sillas, la heladera y lo que queda de una mesa de madera. Silencioso y lento, el río callejero invade sin despertar sospechas la casa donde por más de cincuenta años viviera, junto a su mujer, su hija y su nieta por nacer, aquél hombre flaco, de sobria presencia, severo y exigente, trabajador infatigable, que con desesperación hubiera visto malbaratarse en pocas horas aquello que por décadas, por casi tres generaciones, su familia había sabido construir. Lejos de amainar, la lluvia es cada vez más intensa. Golpea el techo de chapa con rabia. En el silencio inmenso de la sala, dos pares de pasos se acercan más y más. En el marco de la puerta lateral, de hojas de celosía, se vislumbran dos figuras humanas. Son los hombres de negro que, remisos, cuidadosamente comienzan a cerrar la tapa. Es hora del descanso. El viaje a la eternidad acaba de comenzar.